domingo, 24 de noviembre de 2013

Solemnidad de Cristo Rey y Cierre del Año de la Fe


¿Por qué Jesucristo es Rey?

Desde la antigüedad se ha llamado Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, en razón al supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que:

  •     reina en las inteligencias de los hombres porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad;

  •     reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobles propósitos;

  •     reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús.

Sin embargo, profundizando en el tema, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey, ya que del Padre recibió la potestad, el honor y el reino; además, siendo Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

Ahora bien, que Cristo es Rey lo confirman muchos pasajes de las Sagradas Escrituras y del Nuevo Testamento. Esta doctrina fue seguida por la Iglesia –reino de Cristo sobre la tierra- con el propósito celebrar y glorificar durante el ciclo anual de la liturgia, a su autor y fundador como a soberano Señor y Rey de los reyes.

En el Antiguo Testamento, por ejemplo, adjudican el título de rey a aquel que deberá nacer de la estirpe de Jacob; el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra.

Además, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: "Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz... y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra".

Por último, aquellas palabras de Zacarías donde predice al "Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino", había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas, ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

En el Nuevo Testamento, esta misma doctrina sobre Cristo Rey se halla presente desde el momento de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen, por el cual ella fue advertida que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David, y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin.

El mismo Cristo, luego, dará testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey y públicamente confirmó que es Rey, y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, bastante olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador, ya que con su preciosa sangre, como de Cordero Inmaculado y sin tacha, fuimos redimidos del pecado. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande; hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo.


Campo de la Realeza de Cristo

a) En lo espiritual

Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran, y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalmente espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efecto, en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esa vana imaginación y esperanza. Asimismo, cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal título de honor huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano manifestó que su reino no era de este mundo. Este reino se nos muestra en los evangelios con tales características, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos no sólo que, despegadas sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz.

b) En lo temporal

Se cometería un grave error el negársele a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal manera que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo, mientras él vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, despreciando la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.


Solemnidad de Cristo Rey


La celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí" (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.


Año de la Fe



Benedicto XVI convocó el Año de la Fe mediante una carta apostólica en forma de Motu Proprio, la “Porta Fidei”.

A continuación les dejo los puntos más importantes del documento para poder cerrar este Año de la Fe comprendiéndolo y sacando los grandes frutos que nos dejó.



25 frases de la Porta fidei de Benedicto XVI
anunciando el Año de la Fe.




1.«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida

La necesidad de la fe ayer, hoy y siempre

2.- Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de os siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

3.- Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).

4.- Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.


Vigencia y valor del Concilio Vaticano II

5- Las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

La renovación de la Iglesia es cuestión de fe

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

7.- En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida.

La fe crece creyendo

8. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

9.- La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».

Profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente

10.- Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

11.- El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree.

12.- No podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre.

La utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica

13. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II.

14.- Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.

15.- En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

16. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural.

17.- Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

18.- La fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

Recorrer y reactualizar la historia de la fe

19. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

20.- Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

No hay fe sin caridad, no hay caridad sin fe

21.-. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, abrigaos y saciaos", pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe"» (St 2, 14-18).

22.- La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.

Lo que el mundo necesita son testigos de la fe

23.- Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

24.- «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero.

25.- Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.


La Lumen Fidei es una encíclica comenzada por Benedicto XVI y concluida por Francisco. Fundamental para entender más a fondo la esencia del Año de la Fe. Les dejo el link donde pueden leerla en la página de la Santa Sede:


http://www.vatican.va/holy_father/francesco/encyclicals/documents/papa-francesco_20130629_enciclica-lumen-fidei_sp.html



El día de hoy, el Papa Francisco cerró el Año de la Fe con la siguiente homilía:

La solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronación del año litúrgico, señala también la conclusión del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, a quien recordamos ahora con afecto y reconocimiento por este don que nos ha dado. Con esa iniciativa providencial, nos ha dado la oportunidad de descubrir la belleza de ese camino de fe que comenzó el día de nuestro bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios y hermanos en la Iglesia. Un camino que tiene como meta final el encuentro pleno con Dios, y en el que el Espíritu Santo nos purifica, eleva, santifica, para introducirnos en la felicidad que anhela nuestro corazón.
Dirijo también un saludo cordial y fraternal a los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias orientales católicas, aquí presentes. El saludo de paz que nos intercambiaremos quiere expresar sobre todo el reconocimiento del Obispo de Roma a estas Comunidades, que han confesado el nombre de Cristo con una fidelidad ejemplar, pagando con frecuencia un alto precio.
Del mismo modo, y por su medio, deseo dirigirme a todos los cristianos que viven en Tierra Santa, en Siria y en todo el Oriente, para que todos obtengan el don de la paz y la concordia.
Las lecturas bíblicas que se han proclamado tienen como hilo conductor la centralidad de Cristo. Cristo está al centro. Cristo es el centro. Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia.
1. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, nos ofrece una visión muy profunda de la centralidad de Jesús. Nos lo presenta como el Primogénito de toda la creación: en Él, por medio de Él y en vista de Él fueron creadas todas las cosas. Él es el centro de todo, es el principio. Jesucristo, el Señor. Dios le ha dado la plenitud, la totalidad, para que en Él todas las cosas sean reconciliadas (cf. 1,12-20). Señor de la Creación, Señor de la reconciliación.
Esta imagen nos ayuda a entender que Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. Es así, nuestros pensamientos serán pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo. Nuestras obras serán obras cristianas, obras de Cristo. Nuestras palabras serán palabras cristianas, palabras de Cristo. En cambio, la pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo.
2. Además de ser centro de la creación y centro de la reconciliación, Cristo es centro del pueblo de Dios. Y precisamente hoy está aquí, al centro de nosotros. Ahora está aquí, en la Palabra, y estará aquí, en el altar, vivo, presente, en medio de nosotros, su pueblo. Nos lo muestra la primera lectura, en la que se habla del día en que las tribus de Israel se acercaron a David y ante el Señor lo ungieron rey sobre todo Israel (cf. 2S 5,1-3). En la búsqueda de la figura ideal del rey, estos hombres buscaban a Dios mismo: un Dios que fuera cercano, que aceptara acompañar al hombre en su camino, que se hiciese hermano suyo.
Cristo, descendiente del rey David, es precisamente el «hermano» alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vida. En Él nosotros somos uno: un solo pueblo; unidos a él, participamos de un solo camino, un solo destino. Solamente en Él, en Él como centro, tenemos la identidad como pueblo.
3. Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad y también el centro de la historia de todo hombre. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy.
Mientras todos los otros se dirigen a Jesús con desprecio -«Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a tí mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida hasta el final pero se arrepiente, se agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43): su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja jamás de atender una petición como esa. Hoy todos nosotros podemos pensar a nuestra historia, a nuestro camino. Cada uno de nosotros tiene su historia; cada uno de nosotros también tiene sus errores, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos oscuros. Nos hará bien, en esta jornada, pensar a nuestra historia y mirar a Jesús y desde el corazón repetirle tanta veces, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: "¡acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino!". Jesús, acuérdate de mí, porque yo tengo ganas de ser bueno, tengo ganas de ser buena, pero no tengo fuerza, no puedo: ¡soy pecador, soy pecador! Pero acuérdate de mí, Jesús: ¡Tú puedes acordarte de mí, porque Tú estás al centro, Tú estás precisamente en tu Reino! ¡Qué bello! Hagámoslo hoy todos, cada uno en su corazón, tantas veces. "¡Acuérdate de mí Señor, Tú que estás al centro, Tú que estás en tu Reino!"
La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la oración que la ha solicitado. El Señor siempre da más de lo que se le pide, es tan generoso, da siempre más de lo que se le pide: ¡le pides que se acuerde de tí y te lleva a su Reino! Jesús está precisamente al centro de nuestros deseos de alegría y de salvación. Vayamos todos juntos por este camino.


Fuentes:
http://www.news.va
http://www.vatican.va
http://www.aciprensa.com/
http://www.catholic.net/

viernes, 22 de noviembre de 2013

El Poder de la Fidelidad Conyugal

Hoy quiero compartir con ustedes un artículo muy interesante redactado por Gabriella Gambino que ha publicado el Pontificio Consejo para los Laicos en su página web.

EL PODER DE LA FIDELIDAD CONYUGAL
Gabriella Gambino

La fidelidad es la actitud de coherencia y de constancia en la adhesión a un valor ideal de amor, de bondad, de justicia; pero también puede ser entendida como el compromiso con el cual una persona se vincula a otra con un vínculo estable y mutuo. En otras palabras, la fidelidad no implica solamente la adhesión a un valor abstracto, sino que puede también referirse a la voluntad y el compromiso hacia una persona, como sucede en la relación amorosa. Como tal, el valor de la fidelidad ha siempre encontrado su más perfecta expresión humana en la fidelidad entre cónyuges, a través de la exclusividad y unicidad de la relación amorosa consagrada en el matrimonio.

Sin embargo, las costumbres y la moral más comunes en la época moderna parecen incapaces de comprender el extraordinario poder humanizante de este valor, capaz de realizar plenamente las dimensiones
ética y espiritual de la persona que, cuando es fiel, puede vivir de modo coherente verdad y libertad, verdad y amor. A partir de la revolución sexual del siglo pasado, se ha extendido de manera significativa un
cuestionamiento general de los valores tradicionales del matrimonio que ha producido no solamente una fractura radical entre sexualidad y matrimonio, sino que ha puesto las bases para una sexualidad fluida y
reducida a la dimensión del placer, ha privado la relación de amor conyugal de la capacidad de ser fieles a la persona amada.

Viéndolo bien, el problema es mucho más general: en la reflexión filosófica moderna y contemporánea, el tema de la fidelidad resulta casi completamente ausente, salvo pocos casos como por ejemplo la moral
kantiana, que reduce la fidelidad al respeto por el imperativo o J. Royce que la remite a la “devoción de una persona a una causa” (The philosophy of loyalty, 1908). En efecto, en la moral más común la fidelidad es percibida como un deber abstracto y pesado, que reduce la libertad de la persona, obligándola a renunciar a otras posibilidades que se podrían presentar en el curso de la existencia.

Inclusive en las evoluciones más recientes del derecho de familia, la obligación de respetar la fidelidad conyugal ha sido casi completamente privada de significado. En Italia, por ejemplo, si bien el artículo 143 c.c. hace derivar de la celebración del matrimonio la obligación recíproca de fidelidad entre los cónyuges, la simple violación de tal deber – es decir el adulterio – no es suficiente para justificar la culpabilidad de la separación al cónyuge responsable, a menos que no se demuestre con pruebas concretas que del mismo deriva la imposibilidad de convivencia. En ese sentido, la norma civil en materia de divorcio ha sufrido cambios significativos, que han hecho aún más fragil la unión conyugal, y siempre menos importante el valor del compromiso de fidelidad. En efecto, si hasta los años sesenta la violación de la fidelidad conyugal comportaba el derecho a obtener el divorcio por culpa por parte del cónyuge ofendido – con consiguiente atribución de la responsabilidad al otro cónyuge – en los ordenamientos actuales tal concepto ha definitivamente desaparecido.

En los Estados Unidos y en Europa, el abandono del sistema de divorcio por culpa (y la consecuente introducción del divorcio sin atribución de culpa) establecen un contexto jurídico y cultural coherente con la idea del divorcio unilateral como derecho constitucional individual. Si la causa objetiva del divorcio se vuelve irrelevante (como el caso de la violación del deber de fidelidad), interesa solamente la voluntad subjetiva de quien quiere divorciarse. En ese sentido, la disciplina del matrimonio y del divorcio reflejan la reflexión jurídica reciente, de matriz liberal, que tiende a reducir el matrimonio a un contrato, a la mera unión voluntaria de dos personas que desean casarse, y que debe durar solamente mientras deseen permanecer casadas.

En ese sentido, cuando los juristas hablan de privatización del matrimonio, en realidad el término privatizar puede ser atribuido al propio origen etimológico, como privare: tomar una realidad que era portadora de características y requisitos intrínsecos y vaciarla de ellos, haciendo que ya no los tenga. Pero, si la fidelidad ha sido el instrumento que el derecho ha individuado para garantizar la exclusividad de la relación amorosa y la estabilidad de la familia que de ella puede derivar, por algo debe ser. En el fondo el derecho garantiza la seguridad de la coexistencia, la certeza y la justicia de las relaciones humanas, sobre todo de aquellas relaciones que el derecho reconoce a través del matrimonio y la familia conyugal – de las cuales pueden derivar nuevos individuos. ¿Cuál es entonces el peso antropológico de la fidelidad? ¿Por qué el derecho la considera un deber, aún cuando hoy sean débiles los efectos de su violación? En la teología cristiana, la fidelidad de Dios Padre a la promesa de salvación de sus hijos es la máxima expresión de Su amor por nosotros, de un amor fuerte, firme, definitivo, que se ofrece como don y que pide ser acogido y no merecido. En la modernidad, en cambio, la fidelidad parece vinculada al hecho que aquel a quien amamos debe merecer este amor. Por ello, cuando se comporta en modo de ya no merecerlo, se disuelve el vínculo de fidelidad.

Sin embargo, el sentido de la fidelidad como valor humano puede comprenderse justamente cuando se le considera como virtud moral en el amor y, en particular, en el amor conyugal indisoluble, en el cual ésta se liga necesariamente a la dimensión del tiempo. El tiempo como duración de toda la vida, que dona a la persona la posibilidad de desplegar y de realizar su proyecto de felicidad en el curso de su existencia. Para comprender este aspecto extraordinario del amor conyugal fiel e indisoluble, es indispensable detenerse un momento a reflexionar sobre como nace y se consolida el amor entre dos seres humanos.

Como narra desde siempre la literatura romántica, es innegable que el verdadero amor conduce al amante a desear solo al amado de manera exclusiva y definitiva: no hay enamorados que no se juren amor eterno. Pero entre el enamoramiento y el amor fiel hay algunos pasos que los amantes deben dar hasta llegar a ofercerse a sí mismos en una esfera mucho más grande que sí mismos, una atmósfera en la que su amor recíproco podrá respirar y vivir, nutriéndose de la libertad recíproca y la voluntad de ser fieles a este amor para siempre.

En este sentido, es extraordinaria la imagen que K. Wojtyla empleó en la obra teatral El taller del orfebre: las alianzas nupciales, símbolo no solamente del amor sino de la fidelidad, son forjadas por el Orfebre (Dios); en ese sentido, ellas no representan solamente la decisión de los esposos de permanecer juntos, sino que su amor es estable y fiel porque es sostenido por el amor de Dios. Su amor y su fidelidad son forjados y protegidos por El, trascendiendo a los esposos mismos. No es casualidad, como ha recordado recientemente también el Papa Francisco en la Lumen fidei, que en la Biblia la fidelidad de Dios es indicada con la palabra hebrea 'emûnah (del verbo 'amàn), que en su raíz significa “sostener”. Se comprende así por qué el efecto de la fidelidad es la posibilidad de construir la relación conyugal verdaderamente sobre la “roca”.

En estos términos el sacramento del matrimonio constituye en sí una fuerza que sostiene a los esposos sosteniendo su respectiva voluntad de permanecer juntos en fidelidad, en respeto del amor prometido, no solamente como sentimiento, sino todavía más como adhesión a una común vocación, que justamente en el con-yuge encuentra el instrumento para portar juntos el mismo yugo, manteniendo el mismo paso, en el curso de su existencia.

Para comprender más de cerca la estructuración antropológica de la dinámica de la fidelidad en el amor, es necesario partir de la idea de que la dinámica afectiva, como proceso de en-amoramiento de la persona (aprender a amar), pasa a través de algunos niveles que se entrecruzan en un proceso de maduración que exige un compromiso personal creciente.

Estos niveles, tomados de la terminología de Santo Tomás sobre el amor, inician con el aparecer del objeto amado en la esfera existencial del amante, produciendo emociones inmediatas – la fase del amor romántico, en la cual el tiempo parece escurrirse a los amantes, que desean estar juntos la mayor parte del tiempo posible – hasta el conocimiento afectivo del amado, que se descubre como quien tiene capacidad de amar. La relación inicia así a transformarse en una promesa, una anticipación de un amor más grande. Ahora el tiempo no es contrario al amor y a sus emociones, como en la fase romántica, sino que hace parte de su realidad misma: el afecto necesita tiempo para madurar y realizar todo lo que contiene. En la relación se inicia a percibir un camino y la anticipación del proyecto de perfeccionamiento futuro. Al amado no se le quiere solamente por lo que es actualmente, sino por la maravilla que puede alcanzar en el curso de su existencia. “Fundados en este amor, hombre y mujer pueden prometerse amor mutuo con un gesto que compromete toda la vida […]. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada” (Francisco, Lumen Fidei, 53).

Tal nivel es llamado con-formación porque aquí la relación de amor hace cambiar de forma al amante y se realiza a través de la armonía afectiva y el complacerse mutuo, o sea, en la fórmula “es bueno que tú existas”. El complacerse es el primer momento consciente el amor del que se origina la libertad como aceptación del amado. Implica el compromiso con él, como si fuera cosa propia, y funda el sentimiento interno de obligación, de modo que del mismo podrán brotar algunas acciones que son debidas al amado.

Es en este momento que se configura la importancia de la fidelidad como respuesta a una persona y no como un rígido voluntarismo. Fidelidad como virtud, plenamente realizada en la vida concreta, y construida sobre la integración entre amor y sexualidad, y no como mera adhesión a un amor espiritual, desvinculado de la prudencia y del afecto carnal, que podría dirigirse en otras direcciones. En tal sentido, la conciencia virtuosa debe insistir sobre la integración afectiva como una “fidelidad creadora” (G. Marcel), que sea capaz de regenerar continuamente el complacerse amoroso entre los amantes para que permanezcan unidos.

Así la dinámica afectiva conduce a una apertura a la razón, a una intención unitiva en los amantes, que realiza la perseverancia del amor disponiendo de la comunión de las personas como realidad permanente. La libertad estructura desde este momento la acción del amante y la verdad del amor adquiere un valor específico, puesto que intentará promover una comunión que será verdadera o falsa según la capacidad de actualizar esta relación. “La verdad, rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite […] apreciar el valor y la sustancia de las cosas. La verdad abre y une el intelecto de los seres humanos en el lógos del amor” (Benedicto XVI, Caritas in Veritate, 4). Verdad y fidelidad avanzarán juntas y la caída de la voluntad de realizar la relación estará estrechamente unida a la falta de fidelidad al amado.

En la fidelidad, por lo tanto, el rol de la razón es decisivo pues ayuda constantemente al amante a discernir la verdad del afecto en relación al sentido de la acción que cumple. El fin de la fidelidad es la comunión que reclama el don de sí, porque el don no es causado por la afectividad sino por el amor libre y consciente. En ese sentido, libertad no es búsqueda del placer, sin llegar nunca a una decisión, sino que es capacidad de decidirse por un don definitivo y exclusivo. Solamente quien puede prometer para siempre demuestra ser dueño del propio futuro, lo tiene entre sus manos y lo dona a la persona amada.

Se comprende así por qué el contenido de la fidelidad es la confianza: confianza en el futuro y en el otro, al que se hace el don de sí. Al contrario, lo que paraliza y esclaviza es el temor de comprometerse: en el fondo, priva de la libertad y de la capacidad de la razón de seguir el corazón.

A pesar del camino de indiferencia que está marcando el valor de la fidelidad en el derecho y en la moral común, queda el hecho de que la fidelidad es una auténtica forma de expresión de la fuerza, de la coherencia y de la esperanza de las que es capaz el ser humano: en la opción por una persona, la fidelidad es siempre obediencia libre y consciente al ideal que se ha escogido, a la promesa que se ha hecho. En ese sentido, el derecho, como ius, la ha siempre considerado expresión de la justicia entendida no solamente como adhesión a los valores de confianza y lealtad, sino más todavía como respeto del otro y de la coexistencia en ese camino sólido y estable que el hombre y la mujer, en el matrimonio, deciden recorrer juntos hacia la realización plena recíproca y la felicidad.

Por estas razones la fidelidad tiene un significado antropológico irrenunciable y un poder humanizante extraordinario, capaz de desarrollar plenamente los recursos y las riquezas interiores de cada ser humano.

Fuente: http://www.laici.va/content/laici/es.html

lunes, 14 de octubre de 2013

12 de Octubre (Pequeña Reflección)

Hermanos:

Les dejo una pequeña reflección sobre la triste realidad socio-cultural que se está viviendo hoy en Argentina respecto a nuestra identidad hispano-católica.

EL DOCE DE OCTUBRE
Y UNA ESTATUA TUMBADA
(Extraído de http://www.elblogdecabildo.blogspot.com)
 
El 12 de Octubre pasó desapercibido. Apenas un feriado en un fin de semana largo. Ningún acto oficial. Ningún desfile. Ni una misa, siquiera, convocada por algún alma piadosa para agradecer a Dios la gracia y la gloria del Descubrimiento, Conquista, Civilización y Evangelización de América. Menos aún una de esas habituales “ofrendas florales” que se colocan al pie de los monumentos por la sencilla razón de que ya ni los monumentos permanecen en pie. La hermosa estatua del Almirante Colón que dominaba la Plaza homónima, detrás de la Casa de Gobierno —por obra y gracia de la mayor estupidez humana unida a la mala fe y a la perversión yace tumbada en el suelo a la espera de una supuesta reparación que no llega nunca. Así, el Gran Almirante —“el divo Cristóbal, Príncipe de las carabelas”, que cantó Darío— ya no mira el mar sino el cielo plomizo, gris y sucio de la Ciudad Apóstata.
  
¡Un 12 de octubre con Colón en decúbito dorsal! Jamás lo hubiéramos imaginado. Tampoco hubiéramos imaginado que el Día de la Raza se convirtiera, ahora, en el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Es cierto que aquella vieja denominación, obra del Presidente Yrigoyen, no era la más adecuada. Como bien decía Don Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad (a cuyas páginas hemos vuelto en estos días para consuelo y solaz del alma):

“«El 12 de Octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad». Con estas palabras encabezaba su extraordinario del 12 de octubre último un modesto semanario de Buenos Aires, El Eco de España. La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra. Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, como ésta de Hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos hispánicos?”

¿Qué diría hoy el ilustre sacerdote español ante esta denominación estúpida y aviesa que pretende cambiar la Historia o reescribirla en caracteres ideológicos? ¿De qué diversidad cultural hablan estos mentecatos? Tan malos cuanto indoctos, tan rencorosos cuanto brutos, estos mentores de la “historia nueva” que inventan estas denominaciones y las imponen a palos, sin consultar a nadie (ellos tan democráticos y amigos de los debates y discusiones), por su cuenta y riesgo, están logrando, merced a la pasmosa pasividad de quienes debieran salir al cruce de tales desatinos, que el nobilísimo significado y el sublime contenido de esta fecha entrañable se vayan borrando, paulatinamente, del alma argentina.
 
Me contaba una maestra, a la que le tocó reemplazar en un grado de escuela primaria a otra, que al hacerse cargo del aula, en la víspera del 12 de octubre, preguntó a los chicos qué era el 12 de octubre y qué se festejaba. La respuesta fue unánime:
 
— No hay nada que festejar porque es un día de luto; es el día en que los españoles malos llegaron a América y mataron a los indios buenos.
 
— Pero, exclamó azorada la maestra, ¿quién les dijo esto, de dónde han sacado esta historia?
 
— ¡La otra maestra, señorita!, respondieron los párvulos.
  
Esto ocurría en un Colegio católico.
  
¿Qué dice el Consudec? ¿Qué piensa el obispo a cargo de la educación católica en la Conferencia Episcopal Argentina? ¿Qué el Arzobispo de Buenos Aires en cuya jurisdicción funciona aquella escuela?
 
Nadie dice una palabra. Todos callan mientras Colón tumbado sobre el suelo es el símbolo mudo y elocuente de un pueblo al que le han robado el alma.
  
¡Qué tristeza!

sábado, 21 de septiembre de 2013

Banda Musical del Regimiento de Patricios en Basilica Nuestra Señora del Socorro

El día Sábado 14 de Septiembre se llevó a cabo la celebración de la solemnidad del Señor de los Milagros en la Basílica Nuestra Señora del Socorro, ubicada en la intersección de las calles Juncal y Suipacha de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
El Padre Gustavo Boquín, quien fue vocero del entonces Cardenal Bergoglio, hoy nuestro querido Papa Francisco; llevó a cabo la celebración. Como siempre lo hace, su homilía fue justa y precisa, utilizando las palabras exactas, propio de un gran teólogo; la liturgia impecable, sin un gesto de más ni de menos, fue acompañada por el coro de la Basílica, que cantó en latín el Kyrie Eleison, Pater Noster, Ave María y demás.
La sorpresa que hoy quiero compartir con ustedes es lo que ocurrió al final de la celebración de la Santa Misa. El Padre Gustavo realizó un gesto hacia la entrada de la Basílica al tiempo que decía “tengo una sorpresa para ustedes”… De pronto se oyó como un estruendo el parche de un tambor que dio inicio a una marcha militar. Todos giramos nuestras cabezas hacia atrás y pudimos ver, con gran sorpresa, a la Banda Musical del Regimiento de Patricios que, a paso redoblado, ingresaba por el pasillo central en dirección al altar. Una vez agrupados al frente, se alinearon e interpretaron varias piezas, entre las cuales se encontraban la Marcha de San Lorenzo, Avenida de las Camelias, Mi Bandera, el Himno Nacional Argentino, entre otras.
Les dejo un video con “Marcha de San Lorenzo”. Luego voy a subir a mi canal de YouTube otras que pude filmar.

 Marcha de San Lorenzo en Basílica 
Nuestra Señora del Socorro
BANDA MUSICAL DEL REGIMIENTO DE PATRICIOS


¡GRACIAS, PADRE GUSTAVO!

                                                                                                                                            Gustavo Arias.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El Beato Cura Brochero

Luego de meses de no publicar en este blog, quiero aprovechar este día especial para hacerlo nuevamente, ya que hoy se proclamó Beato al Cura Brochero.

A continuación les dejo la noticia extraída del portal AciPrensa:


BUENOS AIRES, 14 Sep. 13 / 11:35 am (ACI/EWTN Noticias).- Esta mañana en la Villa Cura Brochero, en Córdoba (Argentina), fue beatificado el Padre José Gabriel del Rosario Brochero, conocido como el Cura Brochero, en una Misa multitudinaria presidida por el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y enviado del Papa Francisco.

En la ceremonia se estima que participaron 200 mil personas, 60 Obispos y 1,200 sacerdotes.

En el decreto de beatificación, firmado por el Papa Francisco y leído por el Cardenal Amato, se lee: “Concedemos que el venerable siervo José Gabriel del Rosario Brochero, sacerdote diocesano, pastor según el corazón de Cristo, fiel ministro del evangelio, testigo del amor de Cristo a los pobres, sea llamado beato de ahora en adelante”.

La fiesta litúrgica establecida por el Papa para el Cura Brochero será el 16 de marzo.

Durante la ceremonia se leyó una carta del Santo Padre, quien destacó la figura del sacerdote, un “pastor con olor a ovejas” y un pionero de la evangelización en las “periferias existenciales”, haciéndose “pobre entre los pobres”.

En su homilía, el Cardenal Amato destacó que en el dectreto de beatificación figuran los “rasgos esenciales que retratan a este héroe cristiano, sembrador a manos llenas en estas tierras. Su beatificación es un acontecimiento de suma relevancia tanto social como religiosa”.

“Verdadero bienhechor del pueblo argentino, promovió el progreso de la sociedad y el bienestar de la comunidad. Trabajó a favor de la dignificación de la personas humana provenían de su santidad, un rasgos que todo reconocía en el ya en vida”.

El Cardenal Amato también subrayó que el trabajo del ahora Beato “en pos de la dignificación de la persona humana provenía de su santidad, un rasgos que todos reconocía en él ya en vida”.

“¿Quién era este sacerdote y qué fue lo que hizo para ser tan querido y venerado?”, preguntó, señalando luego que “la respuesta es simple: fue un sacerdote completamente dedicado a las almas, todo lo que hizo tuvo como horizonte al hombre y sobre todo de los más necesitados”.

“Se transformó en un difusor del reino de Dios y abanderado de Cristo”, indicó, y sostuvo que difundió los ejercicios espirituales, a los que movilizaba a multitudes, porque estaba “convencido de su eficacia como instrumento para comunicar la luz de la libertad divina y que triunfo de la gracia, aún en los más rebeldes”.

La caridad pastoral del Cura Brochero “generaba comunión era un pastor para todos sus predilectos los enfermos, los pequeños, los pobres”.

Al concluir, el Cardenal exhortó a los sacerdotes a imitar al Cura Brochero y no olvidarse de ser generosos y ejercer el ministerio sacerdotal con serenidad y alegría.

“La presente beatificación es sólo un comienzo para conocer al Cura Brochero, este sacerdote santo, sigamos imitándolo y pidiendo por las necesidades espirituales y materiales”, dijo.

Al final de la ceremonia, el niño Nicolás Flores, quien recibió el milagro que permitió la beatificación del “cura gaucho”, junto a sus padres acercó al altar las reliquias del Beato.

El Cura Brochero fue declarado venerable en febrero de 2004 por Juan Pablo II. El 20 de diciembre de 2012, Benedicto XVI firmó el decreto que reconocía el milagro atribuido a la intercesión de Brochero.

Este milagro consistió en la recuperación sin explicación médica de un niño con pronóstico de “vida vegetativa” y problemas neurológicos severos tras sufrir un grave accidente vial.




No quiero dejar pasar la oportunidad para publicar este maravilloso texto del gran escritor argentino Hugo Wast sobre el “Cura Gaucho”:


 EL ADMIRABLE CURA BROCHERO, MODELO DE APÓSTOL

La Leyenda


El 16 de marzo de 1840 nació en la villa de Santa Rosa, del Río Primero (en la provincia argentina de Córdoba) José Gabriel Brochero, que había de ser el famoso cura de San Alberto.

“El señor Brochero” como se lo llamó siempre, ha entrado en la historia por la graciosa puerta de la leyenda. Antes de saber quién era, el público, no sólo de Córdoba, sino de toda la Nación, conocía anécdotas, dichos, episodios de su vida, algunos auténticos y muchos inventados.

Ha sonado ya la hora de situar esta gran figura de santo criollo en su verdadero marco histórico, mientras llega el día de venerarlo en los altares. Los más se imaginan que fue un simple cura rural, inculto y desarrugado en los modales, buen jinete y capaz de decirle malas palabras al gobernador y al presidente de la república; un caudillo de sotana, empeñado en una labor materialista, que se ganaba la voluntad de aquellos “gauchos bozales” entre quienes vivía, con cuentos de chalán y con beneficios de político lugareño: caminos, ferrocarriles, escuelas, amén de alguna capilla y de no pocos asados con cuero.


El apóstol


Todo eso, que puede ser cierto, es apenas una parte de la historia externa del famoso cura de San Alberto. Hay que decir la verdad. Brochero fue exclusivamente un apóstol, un ardiente evangelizador de los pobres, que hubiera mandado al diablo sus instrumentos de apostolado, sus caminos, sus ferrocarriles, sus escuelas, y hasta la célebre mula malacara en que anduvo miles de leguas por abruptas serranías y desiertos impresionantes, en cuanto hubiera advertido que eso no servía a su único propósito: ganar almas para Dios.


Los Ejercicios Espirituales como medio de apostolado


Y si no se ha penetrado la verdadera vocación de su vida, menos se ha advertido la extraña herramienta espiritual que utilizó. ¿A quién podría ocurrírsele que el mejor medio de convertir aquellos hombres y mujeres de las sierras, rústicos, recelosos, y a menudo analfabetos, fuesen los sutiles Ejercicios de San Ignacio?

Este recurso heroico, que comienza con un encierro de ocho o nueve días para realizar severa penitencia y que es difícil de aplicar a la generalidad de las gentes, ni siquiera en las grandes ciudades, donde hay más inteligencia del asunto y predicadores expertos, y casas adecuadas, con las comodidades indispensables, Brochero lo implantó desde 1878 en el Tránsito, aldehuela prendida en la falda occidental de las Sierras Grandes, al otro lado de la Pampa de Achala, en una región que no se comunicaba con el resto del mundo sino por dificilísimos caminos de herradura.

¿Cómo se le ocurrió al cura de San Alberto la idea de implantar los Ejercicios de San Ignacio y cómo la llevó a la práctica? Refieren que el Niño-Dios mismo le mostró en sueños el lugar indicado donde había de construir su edificio. Sería interesante recoger un día las versiones que aun corren de los sueños que tuvo.


Un poco de historia.
El joven cura de San Alberto

Había nacido —como dijimos— el 16 de marzo de 1840. Tenía, pues, 29 años cuando en 1869 se hizo cargo del curato del departamento de San Alberto, con sus quinientas leguas de serranías indómitas y casi desiertas, y una mísera capilla de techo de paja, situada en San Pedro, la población principal. Pronto había recorrido en mula todo su feudo, y empezaba a conocer a sus feligreses… muchos de ellos primera vez en su vida veían un hombre de sotana.

Los visitaba para saber sus necesidades y los invitaba a ir los domingos a la misa, donde él les platicaba con lenguaje pintoresco y transparente. Muchos accedían y consentían en cubrir la distancia de ocho, diez, quince leguas, que los separaba de San Pedro. El joven cura iba ganándolos, y no tardó en ver que su capilla era muy pequeña para la concurrencia de los domingos; y se puso a la obra de construir una verdadera iglesia.

Y como el apetito viene comiendo, y muchos de sus feligreses realizaban largas peregrinaciones sin más objeto que asistir a misa, se le ocurrió invitarlos a ir a la ciudad de Córdoba, para pasarse unos días de penitencia en la Casa de Ejercicios que allí existe.


Caravanas de ejercitantes

La proposición ahora nos parecerá inconcebible. ¿Cómo abandonar ocupaciones, hogares, familias; transponer treinta leguas de cordillera, en pleno invierno, cruzar desiertos o páramos nevados, en que ni los pumas ni las águilas encuentran su alimento? Y la invitación se hacía a todos, hombres y mujeres, y el joven sacerdote se comprometía a guiarlos él mismo, montado en su mula, como un San Bernardo, predicador y guía de esta rara cruzada.

Tiene fe ciega en los prodigiosos resultados de los Ejercicios Espirituales. Desde los tiempos en que era seminarista los conoce por experiencia propia, y ahora que es cura de almas, son su permanente obsesión. Sabe que nada se opone tanto a la vida espiritual como el hecho casi trivial de que nadie se desprende, ni siquiera por un día, de los cuidados temporales; nadie se zambulle enteramente en una atmósfera de libertad absoluta que le permita poseer su corazón al menos durante una hora.

Dos veces cada año condujo numerosísimos grupos de jinetes, hombres y mujeres, por arriba de la Pampa de Achala, nevada con frecuencia, pues era en los meses de julio a agosto. Marchaban lentamente, por caminos de cabras, el día entero, y de noche acampaban al raso, bajo la palpitante y helada luz de las estrellas, alrededor de hogueritas menguadas, porque la leña escasea mucho en la región.


Casa de Ejercicios en El Tránsito


Como fuesen cada año más numerosos los que se alistaban para aquella inverosímil cabalgata, de cincuenta o sesenta leguas en redondo, después de la iglesia pensó en construir una casa para hacer los Ejercicios en el Tránsito, otra aldea de su curato. Puso manos a la obra. Fue una construcción sencilla y barata, pero de grandes medidas: una capilla, muchas habitaciones y un gran comedor de 60 varas de largo.

Formando cuadro con ella edificó otra, de 48 varas por 100, para colegio de niñas, y trajo de Córdoba a las monjas Esclavas del Corazón de Jesús, a quienes encomendó el cuidado de ambas. La fama del Colegio y de la Casa de Ejercicios se difundió por toda la región y acudieron colegiales y ejercitantes de los más remotos lugares de la provincia de Córdoba y aun de la de San Luis y de La Rioja.

Brochero era ya hombre de inmensa popularidad. Fue tal su alegría cuando se abrieron los cimientos de la Casa de Ejercicios, que quiso poner él mismo la primera piedra, y previendo la oposición del infierno contra el edificio del que esperaba tantos frutos, la arrojó con brío, como si con ella aplastase la cabeza de una serpiente, y exclamó: “¡Te fregaste, diablo!”


Cien mil ejercitantes en sesenta años

La inauguró en el invierno de 1878 y tuvo que dividir a los ejercitantes en cinco tandas, pues pasaron de 3.000. Al año siguiente fueron ocho tandas, con más de 4.000.

Ya han transcurrido más de sesenta años y todavía funciona aquel prodigioso mecanismo en el caserón primitivo, harto destartalado ya. No menos de 100.000 personas han “tomado” (como allí dicen) los Ejercicios Espirituales más severos que puedan imaginarse, en esa aldehuela de escasísima población. Nada más pintoresco, y a las veces nada más extravagante, que los medios de que se valió el cura de San Alberto para propagarlos.


El “Gaucho Seco”: conversión de un bandolero

Había en las Sierras Grandes, allá por 1887, un gaucho malo, jefe de bandoleros, famoso por sus robos y crímenes. El señor Brochero se empeñó en hacerle "tomar" los Ejercicios al "Gaucho Seco”, y fue a buscarlo en su escondrijo como quien busca a un puma en su cubil.

De entrada, no más, le dijo que iba a curarle la lepra de que estaba cubierta su alma. El Gaucho Seco oyó estupefacto semejantes palabras y tuvo curiosidad de asistir a unas ceremonias tan extrañas, de que hacía diez años se hablaba tanto en el país.

Una mañana del frío mes de agosto llegó al Tránsito, montado en una mula zaina, guiado por el cura, que montaba su invariable mula malacara, y seguido a cierta distancia por otros dos jinetes que le guardaban las espaldas.

– Vamos a ver – dijo el Gaucho Seco, apeándose a la puerta de la Casa de Ejercicios – cómo se me va a curar la lepra del alma.

Desensilló, entregó la mula a su lugarteniente, y llevando en sus brazos el apero que sería su cama durante ocho días, siguió a Brochero, que le hizo cruzar dos patios y palmeándole la espalda le indicó una habitación, donde dormiría con una veintena de hombres de su laya.

Más de setecientos paisanos habían llegado ya para esa tanda. Todos miraban, no sin recelo al Gaucho Seco, que pasaba arrogante entre ellos, haciendo sonar sus espuelas y arrastrando la cincha de su silla de montar, cubierta por ricos pellones.

Sólo se oía el ruido de aquellos pasos y de aquellas espuelas. Un silencio imponente dominaba a la extrañísima reunión.

– ¡Vamos a ver el milagro! – dijo para sí con sorna, arrojando sobre la tierra empedernida el copioso apero.

Sonó entretanto una campanita agitada por la mano de un viejo; y todos silenciosamente lo siguieron sin saber a dónde, y el “Gaucho Seco” detrás de ellos. Entraron en la capilla, que se hallaba a oscuras, no obstante ser de día, alumbrada escasamente por algunas velas de sebo y la mariposilla del Sagrario. Un sacerdote de negra sotana empezó a hablarles. Nadie más que él hablaba. El silencio era absoluto y comprimía hasta el latido de las sienes.

Del patio llegaba un olor a carne asada. El señor Brochero les preparaba el primer almuerzo en fogatas al aire libre. Terminó la plática y hubo rezos y cánticos. El Gaucho Seco asistió sin aburrirse, pero sin comprender ni los cantos, ni los rezos, ni las pláticas.

Sonó otra vez la campana y salieron a almorzar. Siempre el mismo silencio impresionante. A lo sumo, el ruido de un cuchillo, uno de esos largos y filosos cuchillos de los gauchos, que cortaba un hueso. Después cebaron mate, alrededor de anafes de barro cocido, en que se iban durmiendo rojas brasas de algarrobo. El Gaucho Seco, vencido por las ganas de tomar mate, se allegó a un grupo y aceptó que lo convidaran, sin atreverse a pronunciar una palabra, tan plúmbeo e imperioso era el callar de la muchedumbre.

De nuevo la campana, y el moverse en filas de la concurrencia, y el acudir a la capilla, y de nuevo la plática y los rezos y los cantos. Después, de nuevo a sus piezas, desnudas y frías, donde calentaron los estómagos vacíos con algunos mates, y se acostaron vestidos sobre sus aperos, en la tierra, pues, no había camas, ni las necesitaban personajes como ellos. Al alba, otra vez la campana, las mismas distribuciones y el mismo silencio.

Más que las pláticas de los dos jesuitas que sucesivamente les hablaban, llamaban la atención del “Gaucho Seco” las coplas que se cantaban, y cuyo trascendental sentido había comenzado a percibir: Perdón, ya mi alma / Sus culpas confiesa; / Mil veces me pesa / De tanta maldad. / Perdón, oh, Dios mío / Perdón y piedad...

¿Era, pues, cierto, era posible que Dios lo perdonase a él? ¿Era, pues, verdad que otros muchos, tan cargados como él de crímenes, habían encontrado misericordia al pie del Crucifijo?

Al tercer día el Gaucho Seco se azotó con furia los recios lomos y al sexto día se arrodilló sollozando a los pies de un misionero, que lo envolvió en el poncho de lana para que otros no lo viesen llorar.

– ¡Cayeron, mi curita, las escamas de la lepra! Hoy es el día de mi nacimiento.

Al otro año el Gaucho Seco volvió a los Ejercicios trayendo a catorce paisanos más que querían también hacer el maravilloso experimento de nacer de nuevo.






Santas recomendaciones


El último día de los ejercicios el cura los despedía con una carne con cuero y un sermoncito de este jaez: "Bueno; vayan no más, y guárdense de ofender a Dios volviendo a las andadas. Ya el cura ha hecho lo que estaba de su parte para que se salven, si quieren. Pero si alguno se empeña en condenarse, que se lo lleven mil diablos...”


Benefactor y Santo

La obra de José Gabriel Brochero fue inmensa. Murió a los 73 años, el 26 de enero de 1914. Aunque, por decreto justiciero del gobernador Cárcano, el Tránsito lleva ahora su nombre y hay en la plaza del pueblo una estatua suya de bronce, todavía su país no ha reconocido en él a uno de sus más grandes benefactores. Algún día se escribirá su hermosa historia y veremos cómo se ha cumplido en él las palabras del profeta Daniel: “los que hayan conducido a muchos a la santidad serán como las estrellas, eternamente y siempre”.


Hugo Wast

Fuentes:
http://www.aciprensa.com
http://www.elblogdecabildo.blogspot.com

domingo, 19 de mayo de 2013

Solemnidad de Pentecostés

Origen de la fiesta
Los judíos celebraban una fiesta para dar gracias por las cosechas, 50 días después de la pascua. De ahí viene el nombre de Pentecostés. Luego, el sentido de la celebración cambió por el dar gracias por la Ley entregada a Moisés.

En esta fiesta recordaban el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley y le enseñó al pueblo de Israel lo que Dios quería de ellos. Celebraban así, la alianza del Antiguo Testamento que el pueblo estableció con Dios: ellos se comprometieron a vivir según sus mandamientos y Dios se comprometió a estar con ellos siempre.

La gente venía de muchos lugares al Templo de Jerusalén, a celebrar la fiesta de Pentecostés.

En el marco de esta fiesta judía es donde surge nuestra fiesta cristiana de Pentecostés.

La Promesa del Espíritu Santo

Durante la Última Cena, Jesús les promete a sus apóstoles: “Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (San Juan 14, 16-17).

Más adelante les dice: “Les he dicho estas cosas mientras estoy con ustedes; pero el Abogado, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todo y traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho.” (San Juan 14, 25-26).

Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Les conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado,... muchas cosas tengo todavía que decirles, pero no se las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,... y os comunicará las cosas que están por venir” (San Juan 16, 7-14).

En el calendario del Año Litúrgico, después de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús, celebramos la fiesta de Pentecostés.


Explicación de la fiesta:

Después de la Ascensión de Jesús, se encontraban reunidos los apóstoles con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés. Tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos.

Quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas desconocidas.

En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban.

Todos ellos, desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal.

¿Quién es el Espírtu Santo?

El Espíritu Santo es Dios, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es el amor que existe entre el Padre y el Hijo. Este amor es tan grande y tan perfecto que forma una tercera persona. El Espíritu Santo llena nuestras almas en el Bautismo y después, de manera perfecta, en la Confirmación. Con el amor divino de Dios dentro de nosotros, somos capaces de amar a Dios y al prójimo. El Espíritu Santo nos ayuda a cumplir nuestro compromiso de vida con Jesús.

Señales del Espíritu Santo:

El viento, el fuego, la paloma.

Estos símbolos nos revelan los poderes que el Espíritu Santo nos da: El viento es una fuerza invisible pero real. Así es el Espíritu Santo. El fuego es un elemento que limpia. Por ejemplo, se prende fuego al terreno para quitarle las malas hierbas y poder sembrar buenas semillas. En los laboratorios médicos para purificar a los instrumentos se les prende fuego.

El Espíritu Santo es una fuerza invisible y poderosa que habita en nosotros y nos purifica de nuestro egoísmo para dejar paso al amor.

Nombres del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo ha recibido varios nombres a lo largo del nuevo Testamento: el Espíritu de verdad, el Abogado, el Paráclito, el Consolador, el Santificador.

Misión del Espíritu Santo:



  • El Espíritu Santo es santificador: Para que el Espíritu Santo logre cumplir con su función, necesitamos entregarnos totalmente a Él y dejarnos conducir dócilmente por sus inspiraciones para que pueda perfeccionarnos y crecer todos los días en la santidad.
  • El Espíritu Santo mora en nosotros: En San Juan 14, 16, encontramos la siguiente frase: “Yo rogaré al Padre y les dará otro abogado que estará con ustedes para siempre”. También, en I Corintios 3. 16 dice: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?”. Es por esta razón que debemos respetar nuestro cuerpo y nuestra alma. Está en nosotros para obrar porque es “dador de vida” y es el amor. Esta aceptación está condicionada a nuestra aceptación y libre colaboración. Si nos entregamos a su acción amorosa y santificadora, hará maravillas en nosotros.
  • El Espíritu Santo ora en nosotros: Necesitamos de un gran silencio interior y de una profunda pobreza espiritual para pedir que ore en nosotros el Espíritu Santo. Dejar que Dios ore en nosotros siendo dóciles al Espíritu. Dios interviene para bien de los que le aman.
  • El Espíritu Santo nos lleva a la verdad plena, nos fortalece para que podamos ser testigos del Señor, nos muestra la maravillosa riqueza del mensaje cristiano, nos llena de amor, de paz, de gozo, de fe y de creciente esperanza.

    El Espíritu Santo y la Iglesia:

    Desde la fundación de la Iglesia el día de Pentecostés, el Espíritu Santo es quien la construye, anima y santifica, le da vida y unidad y la enriquece con sus dones.
    El Espíritu Santo sigue trabajando en la Iglesia de muchas maneras distintas, inspirando, motivando e impulsando a los cristianos, en forma individual o como Iglesia entera, al proclamar la Buena Nueva de Jesús.
    Por ejemplo, puede inspirar al Papa a dar un mensaje importante a la humanidad; inspirar al obispo de una diócesis para promover un apostolado; etc.

    El Espíritu Santo asiste especialmente al representante de Cristo en la Tierra, el Papa, para que guíe rectamente a la Iglesia y cumpla su labor de pastor del rebaño de Jesucristo.
    El Espíritu Santo construye, santifica y da vida y unidad a la Iglesia.
    El Espíritu Santo tiene el poder de animarnos y santificarnos y lograr en nosotros actos que, por nosotros, no realizaríamos. Esto lo hace a través de sus siete dones.

    Los siete dones del Espíritu Santo:

    Estos dones son regalos de Dios y sólo con nuestro esfuerzo no podemos hacer que crezcan o se desarrollen. Necesitan de la acción directa del Espíritu Santo para poder actuar con ellos.
  • SABIDURÍA: Nos permite entender, experimentar y saborear las cosas divinas, para poder juzgarlas rectamente.
  • ENTENDIMIENTO: Por él, nuestra inteligencia se hace apta para entender intuitivamente las verdades reveladas y las naturales de acuerdo al fin sobrenatural que tienen. Nos ayuda a entender el por qué de las cosas que nos manda Dios.
  • CIENCIA: Hace capaz a nuestra inteligencia de juzgar rectamente las cosas creadas de acuerdo con su fin sobrenatural. Nos ayuda a pensar bien y a entender con fe las cosas del mundo.
  • CONSEJO: Permite que el alma intuya rectamente lo que debe de hacer en una circunstancia determinada. Nos ayuda a ser buenos consejeros de los demás, guiándolos por el camino del bien.
  • FORTALEZA: Fortalece al alma para practicar toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir. Nos ayuda a no caer en las tentaciones que nos ponga el demonio.
  • PIEDAD: Es un regalo que le da Dios al alma para ayudarle a amar a Dios como Padre y a los hombres como hermanos, ayudándolos y respetándolos.
  • TEMOR DE DIOS: Le da al alma la docilidad para apartarse del pecado por temor a disgustar a Dios que es su supremo bien. Nos ayuda a respetar a Dios, a darle su lugar como la persona más importante y buena del mundo, a nunca decir nada contra Él.

    Oración al Espíritu Santo

    Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; envía Señor tu Espíritu Creador y se renovará la faz de la tierra.
    OH Dios, que quisiste ilustrar los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, guiados por este mismo Espíritu, obremos rectamente y gocemos de tu consuelo.
    Por Jesucristo, nuestro Señor
    Amén.

  • Fuente: http://www.catholic.net

    viernes, 10 de mayo de 2013

    La Herejía

    Hermanos: Luego de un tiempo sin publicar ninguna entrada, vuelvo con un tema importante que no es muy tenido en cuenta en la actualidad, pero que es de gran importancia; como lo ha sido siempre en la Iglesia, pero que considero que hoy, con tanta apostasía; es más importante que nunca. Se trata de la herejía.

    La situación política y social a nivel mundial  ha cambiado mucho; la separación Iglesia-Estado trajo muchos problemas en aquellos países donde el catolicismo era la religión oficial; y la mirada de los fieles respecto a algunos temas se ha "flexibilizado", dando lugar a confusiones e incluso descartando ciertos conceptos por considerarlos anticuados o demasiado "duros". La verdad es que el concepto de herejía es igual hoy a como lo era en la gloriosa Edad Media.

    Les dejo un artículo muy interesante que, además de nuevos conocimientos sobre nuestra Fe, les va a proveer las herramientas necesarias para hacer frente a los ataques que muchas personas disparan contra nuestra Santa Iglesia Católica.

    I. CONNOTACIÓN Y DEFINICIÓN

    El término “herejía” connota, desde el punto de vista etimológico, tanto el acto de elegir como la cosa elegida. Sin embargo, su significado se ha reducido a la elección de doctrinas religiosas o políticas, a la adhesión a iglesias o partidos políticos.
    Flavio Josefo aplica ese nombre (airesis) a las tres sectas religiosas prevalecientes en Judea desde el tiempo de los Macabeos: Los saduceos, los fariseos y lo esenios (La Guerras de los Judíos II, VIII, 1; Antigüedades Judías XIII, V, 9). San Pablo es presentado ante el gobernador Félix como el líder de la herejía (aireseos) de los nazarenos (Hechos 24,5). En Roma, los judíos le dicen al mismo Apóstol: “En lo tocante a esta herejía (aireseos), sabemos que todo mundo la contradice”. San Justino (Dial., XVIII, 108), utiliza la palabra ”airesis” con el mismo significado. La segunda carta de San Pedro (2,1) aplica el término a las sectas cristianas: “Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas (aireseis apoleias)”. En el griego tardío se llamó “herejías” tanto a las diferentes escuelas filosóficas como a las sectas religiosas.
    Santo Tomás (II-II: 11,1) define la herejía del modo siguiente: “Una especie de infidelidad de aquellos que, habiendo profesado la fe en Cristo, corrompen sus dogmas”. “La correcta fe cristiana consiste en asentir voluntariamente con Cristo en todo aquello que pertenece verdaderamente a su enseñanza. Hay, consecuentemente, dos formas de desviarse del cristianismo: una, cuando uno se rehúsa a creer en Cristo, y es lo que se llama infidelidad, que comparten los paganos y los judíos; la otra, cuando uno restringe su creencia solamente a ciertos puntos de la doctrina de Cristo, seleccionados y modificados según la propia conveniencia, y es lo que se llama herejía. El objeto de la fe y de la herejía es, por tanto, el depósito de la fe, o sea, la suma total de las verdades reveladas por la Escritura y la Tradición según nos la propone la Iglesia para que la creamos. El creyente acepta la totalidad del depósito según lo propone la Iglesia; el hereje acepta sólo aquellas partes que su juicio le recomienda. Las razones de la herejía pueden ser: ignorancia del verdadero credo, juicio erróneo, percepción y comprensión imperfectas de los dogmas. En ninguno de esos casos juega la voluntad un papel importante, y ello hace que tal herejía sea solamente material u objetiva, al no darse una de las condiciones de la pecaminosidad: la elección libre. Por otro lado, la voluntad puede libremente inclinar el intelecto a adherirse a algunas de las posiciones que han sido declaradas falsas por la autoridad de la Iglesia. Los motivos para ello pueden ser: orgullo intelectual o confianza excesiva en las propias capacidades; la ilusión de celo religioso; la tentación de poder político o religioso; las ataduras de los bienes materiales y el nivel social; quizás otros menos honorables aún. Este tipo de herejía aceptada sí es sujeto de culpa, en grado variable. Se le llama formal porque al error material añade el elemento informativo de lo “libremente querido”.
    Para que la herejía sea formal, debe tener pertinacia, o sea, la adhesión obstinada a una posición particular. Mientras alguien tenga el deseo de someterse libremente a la decisión de la Iglesia, dicha persona será un cristiano católico en el fondo de su corazón y sus creencias falsas no pasarán de ser errores pasajeros y opiniones momentáneas. Teniendo en cuenta que el intelecto humano únicamente puede asentir ante la verdad, sea ésta real o aparente, la pertinacia deliberada, distinta de la oposición caprichosa, supone una firme convicción subjetiva que puede bastar para informar la conciencia y crear la “buena fe”. Convicciones tan firmes pueden ser el resultado de circunstancias sobre las que la persona no tiene control, o de violaciones intelectuales que, en si mismas, pueden ser más o menos voluntarias y, por lo tanto, imputables. Una persona que nace y es formada en un ambiente herético puede llegar a morir sin jamás tener duda de la verdad de sus creencias. Por otro lado, una persona que nace católica puede dejarse arrastrar por remolinos de pensamiento contrario a la Iglesia, de los cuales ninguna autoridad doctrinal puede salvarla, y debido a los cuales su mente llega a ser influenciada por convicciones y consideraciones suficientemente fuertes como para superar su conciencia católica. No corresponde al hombre, sino a Aquel que conoce el fondo de los corazones, el sentarse a juzgar acerca de la culpa que corresponde a un alma herética.


    II. DISTINCIONES

    La herejía es distinta de la apostasía. El apóstata a fide abandona totalmente la fe cristiana y se adhiere al judaísmo, al Islam, al paganismo o sencillamente cae en el naturalismo o en el desdén por la religión. El hereje siempre permanece fiel a Cristo. La herejía también es distinta del cisma. El cismático- según santo Tomás- es quien libremente se separa de la unidad de la Iglesia. La unidad de la Iglesia consiste en la conexión de sus miembros entre sí y de los miembros con la Cabeza. Esta Cabeza es Cristo y su representante en la Iglesia es el Sumo Pontífice. Es por ello que “cismática” se llama aquella persona que no desea sujetarse a la autoridad del Sumo Pontífice ni comulgar con los miembros de la Iglesia que le están sujetos a este último. Desde que fue proclamada la infalibilidad papal, la mayor parte de los cismas encierran también la negación de este dogma. La herejía se opone a la fe; el cisma, a la caridad. De ese modo, aunque los herejes son también cismáticos, en cuanto que la pérdida de fe también implica cierta separación de la Iglesia, no todos los cismáticos son necesariamente herejes, ya que cualquiera puede, por ira, orgullo, ambición o cosas semejantes, separarse de la plena comunión con la Iglesia y sin embargo seguir creyendo lo que la Iglesia propone para ser creído(II-II, Q. XXIX, a. 1). Claro que tal sujeto debería llamarse más bien rebelde que hereje.


    III. GRADOS DE HEREJÍA

    Tanto la materia como la forma de la herejía admiten grados, expresados en la siguiente fórmula técnica de teología y de derecho canónico. La adhesión pertinaz a una doctrina contradictoria referente a un asunto de fe claramente definido por la Iglesia es simple y llanamente herejía; herejía de primer grado. Mas si la doctrina en cuestión no ha sido definida expresamente, ni propuesta claramente como artículo de fe del magisterio ordinario y autorizado de la Iglesia, las opiniones contrarias a ella son tituladas sententia haeresi proxima, o sea, una opinión cercana a la herejía. Siguiente: una propuesta doctrinal, si bien en si misma no contradiga el dogma, puede tener consecuencias lógicas que se desvíen de la verdad revelada. Tal propuesta no es hereje; es una propositio teologice erronea, o sea, teológicamente errónea. Puede ser que, en algún caso, la oposición de una teoría a un artículo de fe no sea demostrable estrictamente, sino que dicha oposición apenas alcanza cierto grado de probabilidad. En tal caso, la doctrina dudosa es llamada sententia in haeresi suspecta, haeresim sapiens, o sea, una posición que es sospechosa de, o que sabe a, herejía


    IV. GRAVEDAD DEL PECADO DE HEREJÍA

    La herejía es considerada un pecado a causa de su propia naturaleza, destructiva de la virtud de la fe cristiana. Su malicia debe medirse, por tanto, por la excelencia del don del que priva al alma. Si la fe es la posesión más valiosa que pueda tener el ser humano- la raíz de su vida sobrenatural, la garantía de su salvación eterna-, entonces la privación de la fe es el mal más terrible que le puede ocurrir, y el rechazo deliberado de la fe es el pecado mayor. Santo Tomás llega a la misma conclusión (II-II, Q. x, a. 3): “Todo pecado es un acto de aversión de Dios. Por lo tanto, el pecado es mayor entre más separa al hombre de Dios. Y la infidelidad – la falta de fe- separa al hombre de Dios más que ningún otro pecado, porque el infiel (el no creyente) no tiene el verdadero conocimiento de Dios; su falso conocimiento no lo ayuda en nada, ya que en lo que cree no es Dios. Queda así demostrado, entonces, cómo es que el pecado de infidelidad (infidelitas) es el mayor dentro del rango total de perversidad”. Y añade: “Si bien los gentiles yerran en más asuntos que los judíos, y los judíos están más lejanos de la fe que los herejes, sin embargo la infidelidad de los judíos constituye un pecado más grave que el de los gentiles porque aquellos corrompieron el Evangelio mismo después de haberlo adoptado y profesado... Es mayor pecado no cumplir lo que se ha prometido que no cumplir lo que no se ha prometido”. No se puede alegar en defensa de los herejes que éstos no niegan la fe que a ellos les parece necesaria para la salvación, sino sólo esos artículos de fe que ellos no consideran pertenecientes al depósito original de la fe. Basta recordar que dos de las verdades más evidentes del depositum fidei son la unidad de la Iglesia y la institución de la autoridad magisterial, encargada de velar por dicha unidad. Tal unidad existe en la Iglesia Católica, y es conservada gracias a la operación de su cuerpo magisterial. Nadie puede negar esos dos hechos. En la constitución de la Iglesia no hay cabida para los juicios privados en lo referente a distinguir lo esencial de lo no esencial. Cualquier intento privado de selección rompe la unidad y atenta contra la autoridad divina de la Iglesia. Va directamente en contra de la fuente misma de la fe. El pecado de herejía es medido no tanto por su objeto sino por su principio formal, que es idéntico para toda herejía: una rebelión en contra de la autoridad constituida divinamente. 


    V. ORIGEN, DIFUSIÓN Y PERSISTENCIA DE LA HEREJÍA.
    (A) Origen de la herejía.

    Diferentes causas y muchas circunstancias externas están en el origen, la difusión y la persistencia de la herejía. El debilitamiento de la fe que ha sido infundida y promovida por el mismo Dios es posible debido al elemento humano que está dentro de la misma fe: el libre albedrío. La voluntad determina libremente al acto de fe porque sus disposiciones morales la mueven a obedecer a Dios, mientras que la debilidad de los motivos de credibilidad le permiten abstenerse de dar su consentimiento y abre la puerta a la duda e incluso al rechazo. La debilidad de los motivos de credibilidad tiene tres causas posibles: la obscuridad del testimonio divino (invidentia attestantis); la obscuridad de los contenidos de la revelación; la oposición entre las obligaciones que impone la fe y las inclinaciones perversas de nuestra naturaleza corrupta. Para conocer mejor el curso que sigue la voluntad humana al alejarse de la fe que antes profesó, es bueno observar casos históricos. Pio X, al analizar las causas del modernismo, dice: “La causa próxima es, sin duda alguna, un error de la mente. Las causas remotas son dos: la curiosidad y el orgullo. La curiosidad, si no es mantenida dentro de sus límites, es capaz por si sola de explicar todos los errores... Pero el orgullo es mucho más efectivo en la tarea de oscurecer la mente y guiarla al error. Y es eso lo que está en la base de las teorías modernistas. Es por orgullo que los modernistas se sobrevalúan a sí mismos... No somos como los demás... rechazan toda sujeción a la autoridad... se presentan como reformadores. Si de las causas morales pasamos a las intelectuales, la primera y más poderosa es la ignorancia... Ellos rinden culto a la filosofía moderna... ignorando completamente la filosofía escolástica y privándose a sí mismos de los medios de aclarar la confusión de sus ideas y de poder enfrentar los sofismas. Su sistema, tan plagado de errores, tuvo su origen en el matrimonio entre la falsa filosofía y la fe” (Encíclica "Pascendi", 8 Septiembre, 1907).
    Hasta aquí, el Papa. Si echamos un vistazo a los líderes del modernismo para que nos den razón de sus defecciones, no encontramos ninguna mención del orgullo o la arrogancia, sino que todos parecen coincidir en aceptar que la curiosidad- el deseo de saber como la antigua fe puede enfrentarse con la nueva ciencia- ha sido su motivación. (El lector podrá conocer la posición católica respecto al presunto conflicto entre ciencia y fe en la encíclica “Fides et Ratio”, de S.S. Juan Pablo II. N.T.). En última instancia, apelan a la voz sagrada de la conciencia individual, que les prohíbe profesar externamente como verdadero lo que internamente, y honestamente, tienen como falso. Loisy, a quien se aplica el decreto “Lamentabili”, confiesa a sus lectores que él llegó a su posición “a través de los estudios centrados principalmente en la historia de la Biblia, de los orígenes cristianos y de la religión comparada”. Tyrrell se defiende afirmando: “Son los datos irrefutables del origen y composición del Antiguo y Nuevo Testamentos; del origen de la iglesia cristiana; de su jerarquía, sus instituciones, sus dogmas; del desarrollo gradual del papado; de la historia de la religión en general, que crean una dificultad contra la cual la síntesis de la teología escolástica debe ser, y ya ha sido, convertida en polvo”. “Puedo señalar con mi dedo el punto exacto, o el momento, de mi experiencia, en el que nació mi ‘inmanentismo’. En su “Reglas para el discernimiento de espíritus”... Ignacio de Loyola afirma...etc.”. Es muy interesante desde la perspectiva psicológica observar el punto o momento clave de la ruptura con la fe en las autobiografías de quienes se han separado de la Iglesia. Un análisis de las narraciones personales en “Caminos hacia Roma” y “Caminos desde Roma” lo deja a uno con la impresión de que el corazón humano es un santuario impenetrable a todos menos a Dios y, en cierta medida, a su dueño. Es por tanto recomendable respetar a cada persona su propia individualidad y concentrarse en el estudio de la difusión de la herejía, o de los orígenes de las sociedades heréticas.

    (B) Difusión de las herejías.

    El crecimiento de las herejías, como el de las plantas, depende de las influencias circundantes más que de su propia fuerza vital. Las filosofías, los ideales y las aspiraciones religiosas, las condiciones socioeconómicas, etc. entran en contacto con la verdad revelada y de ese encuentro surgen nuevas afirmaciones y nuevas negaciones de la doctrina tradicional. El primer requisito de éxito para que una herejía se expanda es una persona fuerte, no necesariamente dotada de gran intelecto o muchos estudios, pero sí muy voluntariosa y osada en la acción. Ese es el perfil de los hombres que, a través de los siglos, han dado sus nombres a nuevas sectas. El segundo requisito es la posibilidad de acomodar la nueva doctrina a la mentalidad de sus contemporáneos y a las condiciones socio-políticas. Y el último, pero no por ello menos importante, es el apoyo de los gobernantes seculares. Un hombre fuerte, en sintonía con su tiempo y apoyado por la fuerza material, puede deformar la religión existente y construir una nueva secta herética. El modernismo fracasó en su intento de formar un cuerpo separado de la Iglesia porque no tuvo un dirigente reconocido, porque sólo pudo convocar a un grupo minoritario de mentes de su tiempo, específicamente un grupo de personas desencantadas con la Iglesia de aquel tiempo, y porque ningún poder secular los apoyó. Mil y un sectas pequeñas han fracasado por idénticas razones, proporcionalmente hablando. Sus nombres están ahí, ocupando páginas de la historia de la Iglesia, pero sus posturas solamente interesan a unos cuantos estudiosos, y no cuentan con seguidor alguno. Tales fueron, por ejemplo, en la época Apostólica, los judeo-cristianos, los judeo-gnósticos, los nicolaítas, los docetas, los cerintianos, los ebionitas, los nazarenos, etc., a quienes siguieron, en los dos siglos siguientes, una variedad de gnósticos sirios y alejandrinos, los ofitas, marcionitas, encatritas, montanistas, maniqueos y otros. Todas las primeras sectas orientales bebieron de la fuente de asombrosas especulaciones, tan queridas a la mente oriental, pero, carentes del apoyo del poder temporal, desaparecieron bajo los anatemas de los guardianes del depositum fidei.
    El arrianismo fue la primera herejía que logró hacer pie en la Iglesia y amenazó seriamente su misma existencia y naturaleza. Arrio hizo su aparición en escena cuando los teólogos estaban esforzándose por armonizar las aparentemente contradictorias doctrinas de la unidad de Dios y de la divinidad de Cristo. En vez de ayudar a desanudar el problema, Arrio sencillamente lo cortó afirmando sin ambages que Cristo no es Dios como el Padre, sino una creatura creada en el tiempo. La simplicidad de la solución, el entusiasmo ostentoso de Arrio al defender al “único Dios”, su modo de vida, sus conocimientos y habilidad dialéctica le ganaron muchos adeptos. “En particular, fue apoyado por el famoso Eusebio de Nicomedia, quien tenía mucha influencia ante el Emperador Constantino. Tenía muchos amigos entre los demás obispos de Asia e incluso entre los obispos, presbíteros y monjas de la provincia de Alejandría. Se supo ganar el favor de Constancia, la hermana del emperador, y diseminó su doctrina entre el pueblo a través de su conocido libro, al que él intituló “Thaleia”, o entretenimiento, y a través de cantos apropiados para los marinos, molineros y viajeros” (Addis y Arnold, "A Catholic Dictionary", 7ª. ed., 1905, 54.). El Concilio de Nicea anatematizó al hereje, pero sus anatemas, al igual que los esfuerzos de los obispos católicos, se vieron anulados por la interferencia del poder civil. Constantino y su hermana protegieron a Arrio y a sus seguidores; el sucesor en el trono, Constancio, aseguró el triunfo de la herejía. La persecución acabó por silenciar a los católicos ortodoxos. Pero inmediatamente se inició un conflicto interno entre las filas de los arrianos, pues la herejía, a la que le falta el elemento cohesivo de la autoridad, únicamente puede sostenerse por la coerción. Rápidamente surgieron sectas arrianas: eunomianos, anomeanos, exucontianos, semi-arrianos, acaianos. El Emperador Valente (364-378) brindó todo su apoyo a los arrianos y sólo se logró la paz interna de la Iglesia cuando el Emperador Teodosio, un ortodoxo, revirtió la política de su antecesor y se alió a Roma. Dentro de las fronteras del Imperio Romano prevaleció la fe de Nicea, reforzada ahora por el Concilio de Constantinopla (381). Pero el arrianismo logró mantener reductos durante doscientos años en aquellos sitios donde gobernaron los godos arrianos: Tracia, Italia, África, España, Galia. La conversión del Rey Recaredo de España, quien asumió el trono en 586, significó el fin del arrianismo en sus dominios, y el triunfo de los francos católicos selló el fin del arrianismo en el resto del mundo.
    El pelagianismo, que no contaba con apoyo secular, fácilmente fue erradicado de la Iglesia. El eutiquianismo, el nestorianismo y otras herejías cristológicas que se sucedieron una a otra, como eslabones de una cadena, solamente florecieron mientras los poderes temporales de Bizancio y Persia les dieron apoyo. En cuanto se les abandonó a su suerte, fueron sobrecogidos por la división, el estancamiento y el declive.
    Pasando sobre el gran cisma que se desplazó del Occidente al Oriente, y sobre la multitud de pequeñas herejías que aparecieron durante la Edad Media sin dejar apenas una huella en la Iglesia, llegamos a las sectas modernas que hacen su aparición a partir de Lutero y que colectivamente se conocen como protestantismo. Los tres elementos de éxito que poseía el arrianismo vuelven a intervenir en el luteranismo y ocasionan que ambos fenómenos religiosos sigan prácticamente líneas paralelas. Lutero fue, en forma eminente, un hombre de su pueblo: bajo su hábito religioso y su toga doctoral convivían las cualidades rudas pero límpidas del campesino sajón. Su voz chillante, su piedad, su preparación académica lo levantaban sobre sus coterráneos, pero no lo alejaban de ellos. Su convivialidad, la crudeza de su lenguaje al conversar y predicar, y sus muchas debilidades humanas, ayudaron a labrarle una gran popularidad. Cuando el dominico John Tetzel comenzó a predicar las indulgencias proclamadas por León X a favor de quienes ayudaran a terminar la basílica de San Pedro en Roma, hubo gran oposición de parte de la gente y de las autoridades eclesiásticas y civiles. Lutero prendió la mecha y la echó al combustible del descontento popular. En poco tiempo adquirió un buen número de seguidores muy fuertes tanto en la Iglesia como en el Estado. El Obispo de Würzburg lo puso bajo la protección del Elector Federico de Sajonia. Lo más probable es que Lutero haya lanzado su campaña con la muy laudable intención de reformar algunos abusos patentes. Pero su inesperado éxito, su temperamento impetuoso y la ambición pronto lo llevaron más allá de los límites fijados por la Iglesia. En 1521, cuatro años después de su ataque contra el abuso de las indulgencias, ya había propagado una nueva doctrina: la Biblia es la única fuente de la fe; la naturaleza humana fue totalmente corrompida por el pecado original; el hombre no es libre; el único responsable de toda acción humana, buena o mala, es Dios; sólo la fe salva; el sacerdocio cristiano no es exclusivo de la jerarquía sino que incluye a todos los fieles. Las masas populares rápidamente concluyeron, a partir de esas doctrinas, que el pecado ya no era pecado y que, más bien, era equiparable a una buena acción. Su capacidad para apelar a los más bajos instintos de la naturaleza humana también excitó el nacionalismo y la ambición. Buscó enfrentar al Papa con el emperador germano y a teutones contra latinos. Hizo un llamado a los príncipes seculares para que confiscaran todas las propiedades de la Iglesia. Y su voz encontró fuerte eco. La historia de los siguientes 130 años del pueblo germano es una sucesión de guerras religiosas, de degradación moral, retroceso artístico y catástrofe industrial; de guerras civiles, pillería, devastación y ruina general. La paz de 1648 estableció el principio: “Cuius regio illius et religio” (A tal rey, tal religión). Consecuentemente, las fronteras territoriales se convirtieron en límites religiosos, en los que los pobladores debían practicar la religión del gobernante de esa región. Vale la pena hacer notar que la frontera fijada por los políticos en 1648 continúa siendo la demarcación entre católicos y protestantes alemanes en la era moderna. La reforma inglesa, más que cualquier otra, fue obra de hábiles políticos. La tierra había sido ya preparada por los Lollard o los Wycliff, los cuales eran bastante numerosos en todas las aldeas aún durante el siglo XVI. No hubo un Lutero británico, pero el trabajo sucio fue realizado por reyes y parlamentarios, a base de leyes penales de incomparable severidad.

    (C) Persistencia de la herejía

    Hemos visto cómo nace y se expande la herejía. Debemos ahora responder a la pregunta de cómo persiste, o cómo es que tanta gente permanece en la herejía. Una vez que la herejía se apodera del terreno, aprieta la soga utilizando una miríada de formas de influencia sutil, y a veces inconsciente, en la vida de cada persona. Nace un niño en un ambiente herético. Antes de poder incluso pensar por si mismo, ya su mente ha sido llenada y moldeada en casa y la escuela, y en la iglesia, cuya autoridad jamás se pone en duda. Cuando, en la edad madura, las dudas surgen, jamás se tiene oportunidad de referirse a la verdad católica en forma objetiva. Los prejuicios, las desviaciones educacionales, las deformaciones históricas estorban el camino y a veces hasta lo imposibilitan. De ese proceso resulta el estado de conciencia que se conoce técnicamente como bona fides, o buena fe. Incluye una creencia errónea no culpable y errores morales inevitables y justificables, y hasta laudables en ocasiones. En ausencia de buena fe, los asuntos del mundo frecuentemente se convierten en obstáculo para pasar de la herejía a la verdad. Si un gobierno, por ejemplo, favorece a los seguidores de la religión de Estado, la burocracia se convierte en un ejército de misioneros más poderoso que los ministros ordenados. Prusia, Francia y Rusia fueron ejemplo de ello. 


    VI. CRISTO, LOS APÓSTOLES Y LOS PADRES HABLAN DE LA HEREJÍA.

    La herejía, considerada como rompimiento con la fe, únicamente es posible cuando la fe ha sido promulgada por Cristo. Mateo 24, 11, 23-26 ya lo había vaticinado: “Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos... Entonces si alguno os dice: ‘Mirad, el Cristo está aquí o allá’, no le creáis. Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes signos y prodigios, capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos. ¡Mirad que os lo he predicho!. Así que si os dicen: ‘Está en el desierto’, no salgáis. ‘Está en los aposentos’, no le creáis”. Cristo también definió las características de los falsos profetas: “El que no está conmigo está contra Mí” (Lc 11, 23); “Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad, y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como gentil y publicano” (Mt 18, 17); “El que crea y sea bautizado, se salvará, el que no crea, se condenará” (Mc 16, 16). Los Apóstoles siguieron las indicaciones del Maestro. Todo el peso de su fe y misión divinas cae sobre los innovadores. “Si alguno- dice san Pablo- os anuncia un Evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema!” (Gal 1, 9). San Juan opina que un hereje es un seductor, un anticristo, un hombre que causa división en Cristo (I Jn 4, 3; II Jn 7). “No lo recibáis en casa ni lo saludéis” (II Jn 10). Fiel a su oficio y a su naturaleza impetuosa, san Pedro ataca a los herejes con una espada de doble filo: “... falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre si una rápida destrucción... Estos son fuentes y nubes llevadas por el huracán, a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas” (II Pe 1, 1, 17). A lo largo de toda su epístola, san Judas sigue una línea semejante. San Pablo advierte a los perturbadores de la unidad en Corintio diciéndoles: “Las armas de nuestro combate... son capaces de arrasar fortalezas, deshacer sofismas y cualquier baluarte edificado contra el conocimiento de Dios... Y estamos dispuestos a castigar toda desobediencia” (II Cor 10, 4- 6).
    Pablo exhorta a todo obispo a llevar a cabo lo que él hizo en Corintio. Así, a Timoteo le dice: “Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta. Algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe; entre ellos están Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendiesen a no blasfemar” (I Tim 1, 18-20). Encarece a los ancianos de la Iglesia de Éfeso a tener “cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios... Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán el rebaño... Por tanto, vigilad” (Hechos 20, 28-29. 31). A los filipenses (3, 2) les escribe: “Tengan cuidado con los perros”, significando con esta última palabra lo mismo que “lobos crueles”. Los Padres no muestran ninguna misericordia respecto a quienes pervierten la fe. Un escritor protestante (Schaff-Herzog, s. v. Heresy) describe así la enseñanza de los Padres: “Policarpo consideraba a Marción como el hijo mayor del Diablo. Ignacio ve en los herejes a plantas ponzoñosas, o animales con forma humana. Tanto Justino como Tertuliano condenan sus errores considerándolos inspiraciones del Malo. Teófilo los compara a islas desiertas y rocosas contra las que naufragan las naves. Orígenes dice que los piratas colocan luces en puntos altos de los riscos para atraer y destruir las naves que buscan refugio y lo mismo hace el príncipe de este mundo, colocando en alto las luces del conocimiento falso para destruir a los hombres. Jerónimo (Ep. 123) llama “sinagogas de Satán” a las asambleas de herejes, y afirma que se debe evitar reunirse con ellos, así como se evita una serpiente o una alacrán (Ep. 130)”. Estas perspectivas primitivas acerca de la herejía han sido fielmente transmitidas por la Iglesia en épocas posteriores, y se ha actuado en concordancia. No ha habido rompimiento en la Tradición desde san Pedro a san Pío X (o al Papa actual).


    VII. JUSTIFICACIÓN DE SUS ENSEÑANZAS.

    La primera ley de la vida, en el reino vegetal o animal, entre las personas individuales o reunidas en sociedad, es la preservación de si mismo. El descuido de esta ley conduce a la ruina y a la destrucción. En la vida de una sociedad religiosa, el tejido que une a sus miembros en un solo cuerpo y que los anima con una sola alma, es el símbolo de la fe, el credo o confesión a la que se adhieren como conditio sine qua non para su membresía. Deformar el credo es deformar la Iglesia. La integridad de la regla de fe es más esencial a la cohesión de un grupo religioso que la observancia estricta de sus preceptos morales. La fe tiene entre sus funciones primarias el otorgar los medios para corregir las deficiencias morales; la falta de fe, al cortar la raíz de la vida espiritual, es causa de la muerte del alma. En la larga lista de herejes solamente se encuentra el nombre de uno que se arrepintió: Berengario. El celo con el que la Iglesia guarda y defiende su depósito de la fe es idéntico al instinto de conservación y al deseo de sobrevivencia. Tal instinto no es ni siquiera peculiar de la Iglesia Católica; como es natural, es universal. Todas las sectas, denominaciones, confesiones, escuelas de pensamiento, y las asociaciones de cualquier tipo tienen un conjunto más o menos grande de postulados cuya aceptación es la condición de la que depende su membresía. En la Iglesia Católica esta ley natural ha sido promulgada divinamente, según constatamos en las enseñanzas de Cristo y los Apóstoles. Es una contradicción pedir la libertad de pensamiento en una iglesia, y querer hacerla extensible a todas sus creencias básicas. Al aceptar su membresía, los miembros aceptan las creencias esenciales y renuncian a su libertad de pensamiento en lo tocante a dichas creencias.
    Pero ¿cuál autoridad es la que debe decidir qué es y qué no es esencial?. No puede ser, ni duda cabe, ninguna autoridad individual. Al ingresar a una sociedad, del tipo que sea, el individuo cede parte de su individualidad para hacerse parte de la comunidad. Y esa parte es precisamente la capacidad de hacer juicios individuales en lo tocante a lo esencial. Si reasumiera esa libertad dentro del grupo, ipso facto se separaría de su iglesia. Se puede afirmar, entonces, que el poder de decisión recae en la autoridad constituida, la cual en la Iglesia es la jerarquía en cuanto ésta actúa como maestra y guardiana de la fe. No se puede alegar, empero, que este principio limita indebidamente el papel de la razón humana. Es un hecho que sí limita dicho papel, pero no indebidamente, puesto que es consecuencia de la ley natural y divina. El que esa limitación no sea indebida queda evidenciado por otro elemento: (1) el depósito de la fe es, por si mismo, objeto de los más nobles esfuerzos intelectuales, elevando la razón humana sobre su esfera natural, ampliando y profundizando sus perspectivas, ejercitando sus mejores facultades; (2) a la par del depósito, pero conectada lógicamente con él, existe una multitud de puntos dudosos cuya discusión es libre dentro de los límites de la caridad- “in necesariis, unitas; in dubiis, libertas; in omnibus, caritas”. La substitución del Magisterio de la Iglesia por el juicio individual se ha convertido en el solvente que ha hecho desaparecer a cuanta secta lo ha adoptado. Las sectas que han mostrado cierta consistencia son aquellas que, si bien han adoptado el juicio individual en principio, en la realidad lo han considerado siempre como letra muerta y la enseñanza se realiza según ciertos credos y a través de catecismos elaborados por clérigos capacitados. 


    VIII. LEGISLACIÓN ECLESIÁSTICA SOBRE LA HEREJÍA.

    Siendo la herejía un veneno mortal que se genera en el seno mismo de la Iglesia, debe ser erradicado si es que se desea que ésta viva y lleve a cabo su misión de continuar la obra salvadora de Cristo. Su fundador, que previó la enfermedad, también proveyó la medicina. Dotó a la Iglesia de la infalibilidad al enseñar (Cfr. IGLESIA). El oficio de enseñar corresponde a la jerarquía, la Ecclesia docens, la cual, bajo ciertas condiciones, es el último criterio de verdad en asuntos de fe y moral (Cfr. CONCILIOS). Las decisiones infalibles también pueden ser tomadas por el Papa cuando enseña ex cathedra (Cfr. INFALIBILIDAD) (Cfr. Nos. 888-892, 2035 del Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, N.T.). El párroco en su parroquia y el obispo en su diócesis tienen la obligación de conservar inmaculada la fe de su rebaño. Al pastor supremo de todas las iglesias se le ha dado el oficio de abrevar todo el rebaño cristiano. De ahí que el poder de erradicar la herejía es un elemento esencial en la constitución de la Iglesia. Al igual que otros poderes y facultades, el de erradicar las herejías se debe adaptar en la práctica a las circunstancias de tiempo y lugar y, de modo especial, a las condiciones sociopolíticas. En sus inicios, funcionó sin una organización especial. La costumbre antigua simplemente dejaba que los obispos se encargaran de encontrar las herejías en sus diócesis y vigilar por todos los medios a su alcance que no se difundieran. Cuando alguna doctrina errónea cogía fuerza y amenazaba con desunir la Iglesia, los obispos se reunían en concilios provinciales, metropolitanos, nacionales o ecuménicos. La autoridad de todos ellos juntos se ejercitaba en contra de las falsas doctrinas. El primer concilio fue una reunión sostenida por los Apóstoles en Jerusalén para poner fin a las tendencias judaizantes de algunos cristianos. Ese concilio se convirtió en el prototipo de todos los que lo siguieron: los obispos, unidos con la cabeza de la Iglesia y guiados por el Espíritu Santo, se constituyen en jueces finales sobre asuntos de fe y de moral. El espíritu que mueve a la Iglesia cuando ésta trata sobre herejías y herejes es de suma severidad. San Pablo escribe a Tito: “Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele; ya sabes que está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia” (Tit 3, 10-11). Esta antigua ley refleja una anterior, del mismo Cristo: “Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta la comunidad desoye, sea para ti como el gentil o publicano” (Mt 18, 17). Y también inspira toda la legislación subsecuente respecto a la herejía. La sentencia del hereje obstinado es invariablemente la excomunión. Se le separa de la compañía de los fieles, y se le deja en manos de “Satanás para mortificar su sensualidad, a fin de que el espíritu se salve en el día del Señor” (I Cor 5,5).
    Una vez que Constantino tomó sobre sí el papel de obispo laico, episcopus externus, y puso el brazo secular al servicio de la Iglesia, las leyes en contra de los herejes se hicieron cada vez más rigurosas. Bajo la sola disciplina eclesiástica a ningún hereje obstinado se le podía someter a castigo físico; el único daño era el que su obstinación pudiera causarle a su dignidad personal al verse privado de la compañía de los demás hermanos cristianos. Pero durante el gobierno de los emperadores cristianos se comenzaron a aplicar medidas rigurosas incluso contra los bienes o personas de los herejes. Desde la época de Constantino hasta Teodosio y Valentiniano III (313- 424), se pusieron en práctica varias leyes penales en contra de los herejes, acusados de crímenes de Estado. “Tanto en el código de Teodosio como en el de Justiniano se les consideraba personas infames; se prohibía la interrelación con ellos; se les privaba de cualquier oficio de beneficio y dignidad dentro de la administración pública, y se les cargaba con los oficios onerosos, tanto militares como administrativos; se les impedía que dispusieran de sus propios bienes libremente, o que aceptaran herencias de otras personas; se les privaba del derecho de dar o recibir donativos, de hacer contratos, de comprar y vender; se les imponían multas pecuniarias; con frecuencia se les proscribía y se les hacía desaparecer, y en algunos casos, antes de enviarlos al destierro se les flagelaba. Se llegó, en algunos casos muy graves, a dictar sentencia de muerte a los herejes, aunque en tiempos de los emperadores cristianos de Roma, raramente se ejecutaba dicha sentencia. Se narra que fue Teodosio el primer emperador que consideró la herejía como crimen capital. Esta ley se aprobó en 382 en contra de los encratitas, sacóforos y los maniqueos. Los profesores herejes tenían prohibido propagar sus doctrinas pública o privadamente; sostener debates públicos; ordenar obispos, presbíteros o cualquier otro cargo clerical; sostener reuniones religiosas; construir conventos o hacerse de dinero para tal fin. Era permitido que los esclavos informaran a la autoridad sobre sus amos herejes y que recuperaran su libertad llegándose a la Iglesia; los hijos de padres herejes no podían recibir su patrimonio o herencia a menos que volviesen a la Iglesia. Los libros de los herejes eran quemados. (Cfr. “Codex Theodosianus”, lib. XVI, tit. 5, “De haereticis”).
    Esa legislación permaneció vigente, y con mayor severidad, durante el reinado de los bárbaros invasores que se alzaron con la victoria sobre las ruinas del Imperio Romano de Occidente. Fue en el siglo XI que por primera vez se ordenó la quema de los herejes. El sínodo de Verona (1184) impuso a los obispos la obligación de hallar a los herejes de sus diócesis y entregarlos al poder secular. Otros sínodos, y el IV Concilio de Letrán (1215), en el pontificado de Inocencio III, reiteraron y reactivaron dicho decreto, especialmente el sínodo de Toulouse (1229), que estableció inquisidores en cada parroquia (un sacerdote y dos laicos). Todo mundo tenía obligación de denunciar a los herejes; los nombres de los testigos se conservaban en secreto. Posteriormente al año 1243, cuando Inocencio IV ratificó las leyes de los emperadores Federico II y Luis IX contra los herejes, se empezó a aplicar tortura durante los juicios; los reos eran entregados a las autoridades civiles y algunos morían quemados. Pablo III (1542) estableció, y Sixto V organizó, la Congregación Romana de la Inquisición, o del Santo Oficio, que era un tribunal de justicia para tratar asuntos de herejías y herejes (Cfr. CONGREGACIONES ROMANAS). La Congregación del Índice, instituida por Pio V, tiene como ámbito de trabajo el cuidado de la fe y de la moral en la literatura, y actúa en referencia a los libros del mismo que modo que el Santo Oficio actúa en referencia a las personas (Cfr. ÍNDICE DE LIBROS PROHIBIDOS). (La Congregación Romana de la Inquisición, o Santo Oficio, ha sido reemplazada contemporáneamente por la Congregación para la Doctrina de la Fe, y el Índice de libros prohibidos dejó de existir el 14 de junio de 1966, por orden del Papa Pablo VI. Algunas normas, sin embargo, referentes a la lectura y escritura de libros referentes a la fe y las costumbres quedaron descritas en los códigos 831 y 832 del Código de Derecho Canónico de 1986. N.T.). El Papa Pio X ordenó que cada diócesis contara con un panel de censores y con un comité de vigilancia cuyas funciones eran encontrar e informar acerca de escritos o personas sospechosas de la herejía del modernismo (Encíclica "Pascendi", 8 septiembre., 1907). La legislación moderna acerca de la herejía no ha perdido nada de su antigua severidad, si bien hoy día las penas son estrictamente de orden espiritual. No está vigente ninguno de los castigos que requerían de la intervención del poder civil. Aún en naciones donde el abismo entre lo espiritual y los poderes seculares no significa hostilidad o total separación, la pena de muerte, la confiscación de bienes, encarcelamiento, etc., ya no se aplican a los herejes. Los castigos espirituales son de dos tipos: latae y ferendae sententiae. Aquellos corresponden al mero acto de herejía, sin que medie sentencia judicial. Los últimos son aplicados después de un juicio en un tribunal eclesiástico, o por un obispo actuando ex informata conscientia, o sea, basado en cierta información y dispensando los procedimientos normales.
    Las penas (cfr. CENSURAS, ECLESIASTICAS) latae sententiae son: (1) excomunión reservada especialmente al Sumo Pontífice. En ella incurren quienes apostatan de la fe católica, los herejes, cualquiera que sea su nombre y sin importar a qué secta pertenezcan, y todos aquellos que creen en ellos (credentes), quienes los acogen, apoyan y los defienden en alguna forma (Constitución “Apostolicae sedis”, 1869). En esa parte, se entiende por “hereje” a quien lo es formalmente, pero también a quien tiene dudas positivas, o sea, aquel cuyas dudas tienen el soporte de argumentos de razón. Excluye a quien duda negativamente, o sea, quien duda sin ni siquiera formular un argumento en su propia defensa. Los creyentes (credentes) en la herejía son aquellas personas que, sin someter su doctrina a examen, manifiestan un asentimiento general respecto a las enseñanzas de una secta.; los favorecedores (fautores) son aquellos que por omisión o comisión le brindan apoyo a la herejía y con ello favorecen su difusión. Los acogedores y defensores son quienes brindan a los herejes refugio en contra de los rigores de la ley. (2) “Excomunión reservada especialmente al Romano Pontífice, en la que incurren todos aquellos que, sin autorización de la Sede Apostólica, leen libros de los apóstatas o de herejes, en los que se defiende la herejía. Así mismo, los lectores de libros de autores prohibidos explícitamente en cartas apostólicas, o quienes posean, impriman o defiendan tales obras” (Apost. Sedis, 1890). Por “libro” se entiende aquí un volumen de cierto tamaño y unidad. Los periódicos y manuscritos- aunque no sean libros, sino publicaciones seriadas, pero que han de constituir un libro una vez que hayan sido concluidas- también caen en esta censura. Leer “a sabiendas” (scienter) implica que el lector sabe que el libro que lee es obra de un hereje, o que defiende una herejía, y que es, por tanto una obra prohibida. “Libros... prohibidos específicamente en cartas apostólicas” se refiere a libros condenados en bulas, breves y encíclicas escritas directamente por el Papa. No se incluyen ahí los libros prohibidos por decretos de las congregaciones romanas, aunque su prohibición tenga la autorización papal. Los “impresores” de obras heréticas son el editor que da la orden y el impresor que la ejecuta, e incluso quien revisa las pruebas, pero no el operario que realiza la parte mecánica de la publicación.
    Las penas adicionales que deben ser decretadas por sentencias judiciales son las siguientes. Los apóstatas o herejes caen en irregularidad, o sea, quedan impedidos de recibir las órdenes sagradas o de ejercitar legalmente los derechos y obligaciones propias de aquellas. Caen en infamia, o sea, son públicamente notorios como culpables deshonrosos. La mácula de la infamia será heredada por los hijos y nietos de los herejes irrepentos. Los clérigos herejes y todos aquellos que los acogen, defienden o favorecen también quedan privados ipso facto de sus beneficios, oficios y jurisdicción eclesiástica. Si se diera el caso de que un papa llegara a ser claramente culpable de herejía, cesaría de ser papa porque cesaría de ser miembro de la Iglesia. Si alguien recibiera el bautismo de manos de un hereje declarado, dicha persona caería en irregularidad. La herejía constituye un impedimento para contraer matrimonio con un católico (mixta religio) del cual puede dispensar el Papa o algún obispo con tal poder (Cfr. IMPEDIMENTIOS). Lo que se llama communicatio in sacris, o sea, la participación activa de un católico en celebraciones religiosas no católicas, en si misma sí es ilegal, pero no es intrínsecamente mala de modo tal que no pueda ser dispensada en algunas circunstancias. Los amigos o parientes pueden, por buenas razones, acompañar un funeral, asistir al matrimonio o bautismo, sin causar escándalo, o brindar apoyo a la parte no católica, absteniéndose de tomar parte activa en las celebraciones. El motivo de la participación en esos ritos es la amistad o la cortesía, pero no debe implicar aprobación de los rituales. Los no católicos son bienvenidos a todas las celebraciones católicas excepto, claro, a los sacramentos.


    IX. PRINCIPIOS DE LEGISLACIÓN ECLESIÁSTICA.

    Los principios rectores de la legislación eclesiástica en torno a las herejías son los siguientes:
    La Iglesia distingue entre hereje formal y material. Al primero le aplica el canon: “Sostiene firmemente y no tiene duda alguna que los herejes y cismáticos tendrán parte con el Diablo y sus ángeles en las llamas eternas, a menos que antes del fin de sus vidas se incorporen y reingresen a la Iglesia Católica”. Nadie está obligado a ser parte de la Iglesia, pero habiendo alguien entrado una vez a través del bautismo, debe respetar las promesas que libremente hizo. Para controlar y atraer de nuevo a sus hijos rebeldes, la Iglesia utiliza tanto su poder espiritual como el secular que estén a su alcance. Frente a los herejes materiales, la Iglesia actúa siguiendo la regla de san Agustín: “No debe considerarse hereje quien no defienda sus opiniones falsas y perversas con celo pertinaz (animositas). Sobre todo si el error no es fruto de una audaz presunción sino que le ha sido transmitido al hereje por padres que han sido seducidos a su vez, y cuando esa persona anda en busca de la verdad con cuidadosa solicitud y dispuesto a ser corregido” (P.L. XXXIII, ep. XLIII, 160). Pio IX, en una carta escrita a los obispos de Italia (10 agosto de 1863), reafirma esta doctrina católica: “Es sabido por Nos y por ustedes que aquellos que están en ignorancia invencible respecto a nuestra religión, pero que observan la ley natural... y están dispuestos a obedecer a Dios y llevar una vida honesta y recta, pueden, con la ayuda de la luz y la gracia divinas, alcanzar la vida eterna... pues Dios... no permite que sea castigado quien no es deliberadamente culpable” (Denzinger, “Enchiridion”, 1529).



    X. JURISDICCIÓN ECLESIÁSTICA SOBRE LOS HEREJES
    Por el hecho de haber recibido el bautismo válidamente los herejes también está dentro de la jurisdicción de la Iglesia. Y si son de buena fe, pertenecen también al alma de la Iglesia. Su separación material, sin embargo, les impide el uso de los derechos eclesiásticos, excepto el de ser juzgados por la ley eclesiástica en el caso de ser convocados a un tribunal eclesiástico. Mas no están obligados a regirse por las leyes eclesiásticas emitidas para el bienestar espiritual de los miembros de la Iglesia, por ejemplo, los seis mandamientos de la Iglesia.


    XI. RECEPCIÓN DE LOS CONVERSOS

    Las personas que se convierten a la fe, antes de ser recibidos en ella, deben ser instruidos perfectamente en la doctrina católica. Es facultad de los obispos el reconciliar a los herejes, aunque esa función puede ser delegada a cualquier sacerdote con cura de almas. En Inglaterra se requiere un permiso especial para cada reconciliación, exceptuado el caso de los menores de 14 años o de personas agobiadas por enfermedades graves. Este permiso se concede cuando el sacerdote puede atestiguar por escrito que el candidato está suficientemente instruido y preparado, y que existe una razonable garantía de perseverancia. El procedimiento de esta clase de reconciliación es como sigue: primero, abjuración de la herejía o profesión de fe; segundo, bautismo bajo condición (esto se realiza cuando existe duda respecto al bautismo herético); tercero, confesión sacramental y absolución condicional. 


    XII. PAPEL DE LA HEREJÍA EN LA HISTORIA

    Generalmente, el papel de la herejía en la historia ha sido de perversidad. Sus raíces se encuentran en la naturaleza humana corrupta. Ha llegado a la Iglesia según lo predijo su divino fundador; ha destruido los vínculos de la caridad en las familias, regiones, estados y naciones; se han levantado las piras y desenvainado las espadas tanto en su defensa como en su represión; a su paso sólo han quedado ruina y miseria. La prevalencia de la herejía, con todo, no ha logrado probar que la Iglesia no tiene origen divino, así como tampoco la existencia del mal ha podido probar que no exista un Dios de bondad. Al igual que otros males, la herejía es permitida como una prueba de fe en la Iglesia militante, y quizás como castigo por otros pecados. El desmoronamiento y desintegración de las sectas heréticas también provee un sólido argumento para la necesidad de una fuerte autoridad de enseñanza. Las interminables controversias con los herejes han sido causa indirecta de los mayores desarrollos doctrinales y definiciones formuladas en concilios para la edificación del Cuerpo de Cristo. Así fue como los evangelios espurios de los gnósticos prepararon el terreno para que se determinara el canon de la Sagrada Escritura; las herejías patripasiana, sabeliana, arriana y macedonia fueron la oportunidad para que se aclarara mejor el concepto de la Trinidad; los errores nestorianos y eutiquianos propiciaron que la Iglesia definiera los dogmas de la naturaleza y persona de Cristo. Y así ha sido hasta el modernismo, que ha provocado una solemne afirmación del valor de lo sobrenatural en la historia.


    XIII. INTOLERANCIA Y CRUELDAD

    Frecuentemente se ha acusado a la Iglesia de tener una legislación cruel e intolerante con respecto a la herejía y a los herejes. Definitivamente sí es intolerante. Su misma raison d’être es la intolerancia de las doctrinas que puedan minar la fe. Pero esa intolerancia es esencial a todo lo que existe, se mueve o vive. Tolerar elementos destructivos dentro del propio organismo es equivalente al suicidio. Las sectas heréticas también están sujetas a la misma ley: viven o mueren en la medida en que son capaces de aplicar o desdeñar ese principio. La acusación de crueldad es fácilmente rebatible. Toda medida de represión necesariamente causa sufrimiento y molestia; es parte de su naturaleza. Pero eso no la hace cruel. El padre que castiga a su hijo culpable es justo y puede tener un corazón tierno. La crueldad hace su aparición cuando el castigo excede el grado conveniente. Los opositores dice: “Precisamente. Los castigos aplicados por la Inquisición excedieron todo sentimiento humano”. Respondemos: “Sí ofenden los sentimientos de generaciones posteriores, en las que hay menos cuidado por la pureza de la fe. Pero no los sentimientos de su tiempo, cuando la herejía era vista como algo más perverso que la traición”. Prueba de ello es que los inquisidores sólo juzgaban la culpabilidad del acusado y luego lo entregaban al poder secular para que fuera tratado según la leyes creadas por los emperadores y reyes. La gente del Medioevo no encontraba en el sistema los mismos defectos que le encuentran los críticos actuales. De hecho los herejes han sido quemados por el populacho desde siglos antes que la Inquisición existiera como institución. Y cuando los herejes han dominado la situación se han dado prisa a aplicar las mismas leyes. Ese ha sido el caso de los hugonotes en Francia, los husitas en Bohemia, los calvinistas en Génova, los estatistas elizabetanos y los puritanos en Inglaterra. La tolerancia hizo su aparición cuando la fe se debilitó. Curiosamente las medidas moderadas fueron utilizadas sólo cuando ya no existía la fuerza para aplicar medidas más severas. Aún arden las brasas del Kulturkampf en Alemania; aún son un escándalo las leyes de separación y confiscamiento y el ostracismo hacia los católicos franceses. Cristo fue muy claro: “No crean que he venido a traer paz a la tierra; no traje la paz, sino la espada” (Mt 10, 34). La historia de las herejías verifica esta predicción y demuestra, además, que el mayor número de víctimas de la espada está del lado de los fieles que se adhirieron a la Iglesia fundada por Cristo (Cfr. INQUISICIÓN).
    (El lector encontrará una “nueva” mentalidad de la Iglesia respecto a los herejes, o personas que se han separado de la Iglesia Católica por razones de fe, en el Decreto “Unitatis Redintegratio”, del Concilio Vaticano II. Sin embargo, la Iglesia no ha olvidado su función como vigilante de la fe, y lo expresa en el Código de Derecho canónico, cánones 1364- 1377. N.T.)
     
    Autor: J. WILHELM
    Transcrito por Mary Ann Grelinger
    Traducido por Javier Algara Cossío


    Fuente: Enciclopedia Católica (AciPrensa)